lunes 4 de mayo de 2009

A saucerful of secrets

Tecleo y miro el índice y el corazón, abajo las letras estragadas, entregadas a su curso.
Manía de ocupar un espacio como forma sicaria del deseo
de plagiar un continente para sólo un habitante. Habrá que darle nombre y
paciencia, paciencia, dice algo, esa voz que traiciono al transcribir.
No ha lugar, palabra, mismo son, lejano, ahíto, cansado, recurrencia de la yuxtaposición, comas cercando la alcancía del ruido, antílopes que bailan por los charcos, sombra omnímnoda del semen que en mi boca traigo, que le hurto a la cifra y al renglón, porque hablar es mi derrota.
En el deíctico tu anillo y en el saturnino una rosa, dos círculos de plata, "Saucerful of secrets" como único contexto.
Revelación del humo, de la larga columna de humo que es el rostro al escribir su sentencia, y no se sabe, si se acerca o se desgrana el enemigo,
y sólo ojo, lo sabes,
la precisión de una tumba, los arcanos materiales,
la ballena como una gigantesca ostra que ha engullido al pequeño viajero que,
por sus belfos de cabalgadura inserta en la nada,
se asoma a la gigantesca perla y saca su arpón y detiene el girar ( no del sol ni de la luna, ninguno ha girado, y el devenir es el cuerpo mermado del amor, el luminoso disfraz de la oración que hace juntar las palmas a los ángeles que sobre el lomo de la bestia caminan, implorando el manar sin forma, el surtidor,
el alarido que ensancha las caderas de Dios)
de las estancias que esperan su milímetro vírgen de pared y de sombra contra el espacio engendrado por
otra vez el verbo, otra vez el verbo, magnífica, irredenta carne, espesor del zarzal, canícula incapaz del fuego
cuanto todo es ceniza.
¿Se puede ser aconfesional cuando la muerte es una costura rota, un hilo al viento, una cometa decapitada
que hace pecutir su risa desde la mano del niño que la
sostiene como una piedra contra el mundo, una piedra, sacada del muro del mundo para demoler el mundo?.
To be or not to be, botón de la risa, casi trasero, túnica, grietas, el desamparo siempre, el desamparo, como la cúpula sagrada y ortodoxa;
o leif motiv, o tatuaje, o rosa amarilla ( no de plata ) encerrada en el sanatorio de tus manos cuando
bajo la tierra guían el arado, como gesto invisible y cierto de la esperanza.
Si te dijera que camino sobre los cuerpos oxidados de los titanes, si te dijera, NaN,
que en señal de duelo nací matando el símbolo perenne de mis dedos a tientas,
si te dijera,
que rebañé el platillo lleno de secretos y todos fueron
míseros óbolos como míseras pupilas para escanciar la vida hasta que sólo
quedara en el metal el rayo de tu nombre, ¿me llamarías loco?, ¿me llamarías lobo?.
Yo tecleo, casi digo Telémaco y me niego, como si fuera el hijo de Penélope o el tallo inconmovible de los mitos cuando
sin invocarlos vienen
a fecundar la historia con sus gestos miméticos, con sus etruscos labios inmaculados y
adaptables a cualquier fragor, pero
(manía adversativa),
es mío este responso, este fúnebre carro, este dedo en la cerradura de los cielos, esta lengua indeleble entre todos tus labios,
legiones de todos mis demonios.


Pedro Arguedas Ibáñez

jueves 9 de abril de 2009

Tres golpes de ceniza ( para acariciarte, NaN, Viví Flores Massares)

I

Enterradas las uñas en el potro
como el indio invocando al gran espíritu
para encerrarlo en una bocanada
en un galope
en el regazo del retoño.
Con el aliento teñido al volver
a la boca cerrada entre las piedras
levantadas para la clara ocultación
como señal tangible de un pretérito
dominando la carne del aquí y del ahora.
Con el aliento teñido del color renuente con que el viento
extiende las palabras por el llano
y las recluye en la extensión
donde nada puede posarse si no es
con los pies de la muerte
descendidos de las alas de la vida.
La primavera es un pálido invierno tocándose la frente pensativa
el silbo entre los barrotes
inclinados para acercar los ojos de la bestia
a su hermoso túmulo.


II

Lisa y llanamente observo la abrupta
sombra que dejan las mareas
en el empeine de la noche
caminada de voces apretándose contra la falda
de la montaña todavía por nacer.
Lisa y llanamente
la semoviente forma que los úteros desfraguan
de la ignota semilla
yo contemplo
revocando los frutos como la segadora
como la parca que sacrifica su amor a la doctrina
del miedo tras los labios y en la sangre
cuyo color hace caminar al sol
siempre por la misma línea
para no alcanzarse nunca.
Y te hablo a ti desde otro incendio
y desde otra sangre que revuelve la materia contra sí
para anegarse en los húmedos huecos que separan
los pedazos del alba
de la ruina.
Y te hablo lisa y llanamente
desordenado y sucio quizá
como la canción que no puede leerse
sino es en la ceniza del papel
que en mi puño canta.


III

Soñadora de los trigos
¿donde está tu volumen recortado
del encuentro entre la luz
y su casto origen?
No existe el fondo ni la oscuridad
nada realza sino el dolor
aquí transmutado en la espiga doblada
por el peso de la sangre.
¿Querrás que para verte a ti misma
me permitirás
que yo reconduzca la materia
que dé la vuelta a los surcos
que resiembre el halo de la tierra
en este cuenco de sal negra?.
¿Me dejarás que llene la vasija hasta silenciarla
hasta sumergirla en su propio canto pleno?
Amada
el empeño de mi rostro es darte la estirpe y los demonios
de sus eslabones tan sagrados como el cuerpo
que al pensamiento unen
como el golpe a la sonoridad del paso y del temblor
por el resabiado perímetro del mundo.


Pedro Arguedas Ibáñez

domingo 5 de abril de 2009

Ley

Estoy aquí centrando mis órganos en una letra.
El dolor ulula qué es el dolor
el dolor ulula.
La mascarada de la luz oh la cernida
vocal del escarabajo acompañada
de la mudez de su peso
como un ocaso viejo se apresura a dar el golpe
a chasquear el lodo en las comisuras del dios que lo hizo.
Toda violencia se contiene
y todo cerebro se resume en esta
cosa que hago rodar por la cruz del horizonte
mis brazos y mi pecho y
no sé por qué me doy a la palabra
si todo lo que hay
es la mecánica del universo volviéndose a fraguar mientras
tecleo una burbuja una escalera
el ala sepultada en los clarines
el desmayo infinito en la lenta cámara redonda
de la tierra al pisarme las entrañas
de aire sin pigmento pues
no me tiñeron al nacer los cauces del temblor
y a la telúrica mañana yo le negué la luz de mi alumbramiento
y sólo a ti
a ti a ti mi amor a ti mi tú sin ojos dejándose caer de tus pupilas
en esta oscuridad en este templo de columnas que miden
lo que dura la muerte
a ti la clave de mis uñas negándome la carne con tus dedos
que soplan en la piel de la mazmorra
como fustas arrancándole el corazón al eco
que en la piel ha viajado hasta velarte
la boca de los muslos y todas las trincheras.
A ti sólo a ti NaN
que has sostenido la espada entre tu pecho y el mundo
para que emergiera un continente
y desbaratadas fueran las sílabas del hombre
el sí paupérrimo el no ciego
que ignoran que no hay elección
ni voluntad fuera de Nos.


Pedro Arguedas Ibáñez



Amor:
Estoy aquí, en tu cuenta como puedes ver, como a tu lado en la isla, en el lecho, en la vida y en la eternidad. Sí es Ley, mi vida, hasta el dolor de los cuerpos por ahora lejanos, y eso sólo puede unirnos más, no hay elección porque jamás el absoluto puede decrecer. TE amo, Pedro, y sé, claro que sé que sólo a mí, que sólo Mío, como yo sólo en vos y por vos.
No existe otro mundo, Szev, todo el cielo que conozco está en tu mirada, y todo el oxígeno que puedo respirar, en Vos. Es más que Siempre, y te amo, te amo, te amo.

NaN

Gong

Vivo a full time por el río
sin avisos mortuorios en la fragante cuesta
del invierno al olvido los titireteros
hablan de las fórmulas que mueven los hilos
hablan del momento aquel
en que todo es óbice para que tú
hijo perentorio urgente desvaneciéndose apenas en el
formol de la mudez y del
calor que fue forjado para dar vida a las grupas
encadenadas a una
apariencia estatuida al fin te liberes al fin te liberes del fin
y llores como un hombre
en la noria que gira dócilmente grabando sus estrías en
ecos que pasan
cosas que pasan
la nota falsa en la cierta sinfonía
polvo
las cadenas se hacen polvo el paso
cada vez más lento
la música
cada vez más humo
el espejo cada vez más suerte y más baraja
respirando en la palma sosegada
acuéstate aquí
en la montaña morada
en la colina suave que regala pasos blandos a las formas pardas
que no mueven los brazos que se aniquilan
con suspiros y espinas y brebajes de arena
lento el sol y rápida la muralla
la ciudadela es una estampida redonda
con peces aminorando el aire
fútil y lóbrego y húmedo
labios que dicen
qué tempestad es la muerte y ponen la lengua en la llaga
y los tenderos no saben que venden cadáveres
y pasan los nómadas con sus tiendas desplegadas
para mantener los brazos ocupados
quietos signos como alondras en el pastel dividido en una sola parte
y el hueco de esta parte abandonado en haces
inasibles irrompibles porque la unión hace la fuerza de los nexos
y la cabalgadura corre
campana en ojo de madrugada en madrugada
tan sólo para ser la sola potestad de la locura
abrevar en los charcos inventar el cielo trastocar
la herida que te doy cada noche aquí en el retazo
en la baldosa fría donde la carne cae y se señala
logos maldito logos aterido y ves a un niño
tupido de piel y de calumbre
esperando con un pañuelo negro sobre la cabeza
ahíto de sol de largos valles donde la vida empieza a ser inexplorable
el alto gong del silencio es una llama
batida por la fiebre del último costado
azar o malecón donde el suicida bracea
bracea con sus piernas para impulsar la contra
corriente del aullido
de la blancura cosida a este pavor de no tener más tienda
que el suelo repicando en una tumba
con flores y con hijos como nudos de sal gorda
con esputos de viajeros que se acodan en la losa
a recordar cuántos puntos cardinales tiene el viento
y qué dolor de cuantos extreman sus caminos
merece en verdad que sea recordado en este origen
en esta primera letra de la nada
en esta alforja abultada de vacíos de gibas
donde sopla la sed su cuerno
su cuerno
su cuerno
su espiral ciclópea.


Pedro Arguedas Ibáñez

Duermo

Duermes
y acaso sea la virtud
de todo temperamento
la indómita vértebra con que suspira
lo que la boca no alcanza con sus ansias
Despacio
el rostro extiende su volumen subterráneo
a través del poro y la techumbre
de su nombre aquietado
por este silencio en que los ojos
apenas dos bultos sin identificar
ocupan el lugar del corazón fuera del pecho
que ya no es de la piel
ni es estatura
ni piedra sentimental que el verso amasa.
Hay pasos renuentes
de la última frontera
hay voces que revuelven la sangre
en el pulso del éter
en los estribos de la contemplación y la distancia.
Hay una mano que repasa la materia
en cualquier objeto
en la segregación de la forma en la que anida
el vórtice propicio de lo vírgen
de lo negro
Y en todos sus dedos estás tú
durmiendo
con todos tus párpados
con todos tus vocablos
cerrándose en torno a la única mirada
que abarca y que respira
la realidad del verbo.


Pedro Arguedas Ibáñez

Sin causa ni efecto

Como tocando los bordes de lo imposible
en esta tumefacta claridad
de la hora exacta en la que el cuerpo
se rinde a la fisiología nacional
de sus husos estériles
de sus acordes columbarios.
Como Peter Pan orgulloso
de sus calzones verdes ante la franca anatomía
de los vates que siguen aprendiendo
de sus literarias costumbres literales.
Así
mi magnum de evocación escupe
una bala pedestre en los altivos llantos
del ser aquí y ahora
del castizo mestizo que por llevarle la contraria
al Barón de Münchausen
cabalga en la gravedad del cráter del estilo
sin sentirse obligado por el diámetro
que toda palabra trae a lomos de su sombra
a cuantificarse bajo la luz del escenario.
Aquí un volantazo:
adiós despojos o conciencia
o lineal rebeldía de las horas en que hay luz
y es necesaria para verse
hablar con esta boca
sumeria babilónica niña dormida en el lomo de un caballo
que esconde su galope entre sus cascos
de barro y delicuescencia.
Es mi dedo la frente que se toca
fría
y que ningún color es capaz de envolver con la torpeza de su letra
fría
como el sol que por misericordia
se deja un pedazo de piel en los andamios
con que los hombres grises retan a la temperatura de la muerte
y de la vida
ofreciendo el fiel de su oficio y de sus ojos
para que acaso los múltiples giros de la simbología
los desmienta antes de caer hacia esa plenitud
que está fuera de tiempo
de toda duda.
Aquí el amor
ropa tendida en el aire que no habrán de enfundarse
los que siguen el curso espiral de un alfabeto
sin llamar antes a la concha
donde la oscuridad tiene manos y cuernos
y pañales impolutos
y renglones más sucios que la baba
con la que el ermitaño se cura de los rastros.


Pedro Arguedas Ibáñez